lunes, 14 de abril de 2008

Las cadenas que nos atan

Uno de los animales más poderosos del planeta es el elefante, además de su fortaleza física que le permite arrancar árboles de cuajo, tiene inteligencia social y una memoria prodigiosa. A pesar de ello los seres humanos hemos conseguido domesticarlos, en especial en la India y Sri Lanka (también en los circos), mediante el amaestramiento se consigue que el animal realice trabajos agrícolas, de transporte y proezas circenses acordes a sus extraordinarias fuerzas.

Lo que en ocasiones pasa inadvertido, y en esta es motivo de reflexión, es la certeza de que, si el elefante lo quisiera, podría liberarse de sus cadenas con mucha facilidad, pero no lo hace, ¿por qué? La explicación es que desde muy pequeño, casi al día siguiente de nacer, se le pone una gruesa cadena con lo que el bebé elefante muy pronto aprende que es imposible luchar contra esa fatalidad impuesta por el destino y conserva este conocimiento para toda la vida.

Pero los seres humanos también tenemos nuestras cadenas, no físicas ciertamente, pero mucho más dañinas para nosotros mismos y para los demás. Todos tenemos uno o más ¡No puedo! grabados a fuego en lo más recóndito de nuestros circuitos neuronales, por ejemplo muchas personas nunca aprenden a nadar, andar en bicicleta o a bailar, a pesar de que biológicamente tienen todo el potencial para hacerlo.
Algunas de estas cadenas nos son impuestas por las personas que más deberían luchar contra ello: profesores que infunden temor, que paralizan nuestra voluntad con sólo mirarnos, padres que nos tachan de inútiles, para quienes nada de lo que hagamos merecerá nunca el menor de los reconocimientos, ni siquiera una mirada afectuosa y una palmada en el hombro por haberlo intentado, así "aprendemos" que nunca seremos buenos en matemática, en ciencias, en idiomas o en deportes y nos terminamos conformando, aceptando que estos campos "no son para mi", y aceptamos que otros tomen decisiones por nosotros en lo técnico y luego en política, porque yo "no sirvo para eso", reforzando con ello nuestra dependencia y ausencia de libertad.

He escuchado a algunos profesores respecto a los alumnos que recién ingresan a la universidad "los chicos no saben siquiera multiplicar", me permito dudar firmemente de aquello, no se dan cuenta que el temor que inspiran a sus alumnos, la presión a la que los someten, es tal que se olvidan aún de cosas que dominan desde la escuela.
¿Qué pasa cuando el elefante se libera de las cadenas que lo atan? Pueden ocurrir muchas cosas, puede destruir el lugar donde estuvo cautivo, puede matar a sus captores o puede huir a la selva a disfrutar de su recién adquirida libertad ¿Qué pasaría con nosotros cuando nos liberemos de las cadenas que llevamos? ¿Podría ocurrir que el cambio fuera para mal? Está en nosotros que no sea así, por supuesto a todos nos gustaría liberarnos de aquellos esquemas negativos de comportamiento, prejuicios, sentimientos, ideas falsas, que impiden nos desarrollemos como la mejor persona que podamos ser, que es, a mi juicio, la verdadera definición de libertad.

Guardar resentimientos, mantener o crear prejuicios, son otras tantas cadenas, quizá más pesadas que aquellas a las que se pretende reemplazar. ¿Qué hacer contra ello? propongo destinar un momento diario a la reflexión ¿cuales son mis cadenas? ¿a que me estoy atando? ¿son mis actos fruto de mi consciencia o esquemas que me ligan al rebaño? ¿como liberarme?, cambiemos ese ¡No puedo! por un ¡Puedo y quiero cambiar! Los seres humanos somos siempre más de lo que mostramos en un momento dado; quizá nuestra semejanza a Dios consiste en la eterna capacidad de ser mejores, no importa cuan alto estemos o cuan bajo hayamos caído.