miércoles, 9 de julio de 2008

¿Las costumbres de los ecuatorianos?

Si a las personas que odian a los extranjeros se les llama xenófobos ¿cómo habría que llamar a las personas que odian y denigran a su propio país?

Hoy en la universidad en la que trabajo se presentará un ex-presidente de la república, para presentar un libro titulado "Las costumbres de los ecuatorianos" en el que trata de legitimar una serie de prejuicios en contra de sus connacionales, de los que dice son vagos, irresponsables, que no respetan la propiedad ajena, etc., también elogia a algunas comunidades extranjeras del país, menciona que se han superado económicamente justamente por no parecerse a los ecuatorianos.

Habría que preguntarle a este ecuatoriano si él es vago, irrespetuoso e irresponsable, o si lo son sus padres, hermanos, hijos o amigos; y felicitarlo por esa extraña (pero absurda) de escupir hacia arriba. Habría que preguntarle si le parece que los Bucaram, los Isaías representan el modelo que debemos seguir los ecuatorianos.

La lamentable metodología que utiliza este pseudo investigador social consiste en recopilar opiniones de extranjeros (muchos de ellos de paso por el país) con una visión centrada en lo occidental y con muchos prejuicios, a quienes cree por el hecho de ser extranjeros, opiniones sin análisis, que generan la paradoja de que si a ellos les cree por ser extranjeros, los extranjeros creerán los que dice el autor por ser ecuatoriano, y así un argumento endeble se refuerza no con razones, sino por el origen de quien lo dice.

Más lamentable que la metodología usada es el hecho de que lo expresado en este libro servirá para justificar los prejuicios de quienes nos explotan, negando las causas y convirtiéndolas en efectos, ¿el ecuatoriano es pobre porque es vago o al contrario? ¿qué estímulo para trabajar tiene el que es explotado, el que sabe que por más que se esfuerce no logrará más que sobrevivir malamente?

Las opiniones merecen ser tomadas en cuenta, pero deben ser presentadas meramente como opiniones, no como hechos, ni menos aún como cualidades consustanciales al ser ecuatoriano, por ejemplo mi opinión es que un problema es que los ecuatorianos no tenemos suficiente autoestima, y otra es que rumiamos mucho los agravios reales o ficticios que nos hacen, el autor del libro comentado es un ejemplo de lo que digo, parece que aún le dura el resentimiento con el país que prácticamente lo ignoró en las urnas, que lástima, cuan diferente del hombre que alguna vez manifestó que aún sólo el saldría a las calles a protestar contra el golpe de estado que quiso perpetrar Lucio Gutierrez contra Jamil Mahauad.

viernes, 25 de abril de 2008

Enseñar para la nota

Estos últimos días hay sido muy beneficiosos para la educación ecuatoriana (si, ha leído bien, he dicho beneficiosos), ha quedado patente lo mal que estamos: los resultados de nuestros alumnos de las últimas pruebas Aprendo, de las pruebas de razonamiento lógico y verbal a los aspirantes al magisterio y diversas investigaciones realizadas por universidades nos muestran algo cuyo único consuelo es que peor no podemos estar.

Pero, ¿en qué nos beneficia esto? pues en que ya no podemos seguirnos mintiendo, que se ha objetivizado algo que más o menos sospechabamos, que es la hora, ¿si no cuando?, de analizar las causas para tomar medidas, ¿que ha causado esta debacle? ¿cómo remediarla? No es asunto de buscar culpables dando palos de ciego, necesitamos ir a la raíz del problema, partiendo de la premisa de que biológicamente, nuestros alumnos no son ni más ni menos capaces que los demás alumnos del planeta, debemos encontrar las causas estructurales que hacen que, en nuestra sociedad (y, mal consuelo, en algunas otras) el sistema educativo no marche como debiera. Recuerden el dicho africano "Se necesita de toda la aldea para educar a un niño".

Uno de los aspectos a considerar seriemente a la hora de buscar la causa de los males que aquejan a nuestra educación, es el hecho de que los alumnos miran a la escuela únicamente como el lugar donde se aprenden cosas que sólo sirven para responder en los exámenes que, obviamente, sólo se toman en la escuela. En otras palabras tenemos una escuela (y colegio y universidad) totalmente desconectado de la vida, no vital, completamente artificial. Por ello dicen que la diferencia entre un estudiante bueno y uno malo es que el primero olvida lo aprendido después del examen y el segundo antes, pero al final todos terminan olvidando lo que se supone que aprendieron.

La escuela no entrega herramientas para enfrentar la vida, no enseña a pensar, se limita a la perpetuación de saberes simples, informaciones específicas, inútiles para ser transferidas al quehacer vital, cuyo único objetivo es ser devueltas al profesor en épocas de exámenes, librándose así de la pesada carga que significan esas ideas muertas, fosilizadas, condenadas a ser perpetuamente reproducidas por una institución que condena la copia pero que vive ella misma de esa copia.

Resultaría así fácil e inmediatista proponer la eliminación de los exámenes, pero no es tan sencillo el asunto, si el enfermo está con fiebre no es culpa del termómetro, necesitamos de este instrumento para un diagnóstico adecuado, hay que aprender a usarlo adecuadamente, eso si, saber hasta donde podemos confiarnos de él, saber que es un medio y no un fin en si mismo, saber que los exámenes (y las calificaciones) son un elemento a considerar en la evaluación, pero que no constituyen la evaluación en si, saber que constituyen un medio de recabar información, pero que esa información tiene que ser evaluada para transformarse en conocimiento.

Por supuesto que los exámenes han sido muy mal utilizados, parece ser que alrededor de ellos gira toda la escuela, lo que inevitablemente nos lleva a desnaturalizar el conocimiento que se imparte; se estudia matemática para poder resolver los problemas que constan en el examen, no para aprender a pensar matemáticamente, a elaborar modelos cuantitativos de la realidad; en investigación no se investiga, se memoriza una serie de técnicas y definiciones muchas veces anacrónicas, pero no se investiga; en filosofía no se filosofa, se aprende historia de la filosofía; en inglés no hay una comunicación natural en ese idioma, y en todas las asignaturas se da preponderancia sólo a aquellas cosas que pueden constar en un examen.

Generalmente, al inicio del ciclo lectivo lo primero que los alumnos averiguan es: ¿Qué suele tomar el profesor en los exámenes? se busca examenes anteriores, se memoriza información que nunca nos servirán para nada más que para responder exámenes. Hagamos memoria ¿cuántas cosas aprendimos en la escuela que nunca más nos sirvieron? los ríos del Asia, las capitales de todos los cantones del país (que han aumentado considerablemente) el procedimiento para hallar la raíz cuadrada y un largo etcétera. Además aquello que aprendimos las aprendimos descontextualizado, en matemática sólo se aprende matemática, no es importante, por ejemplo, la comprensión de los enunciados, la vinculación con las actividades diarias del que aprende (conocí una señora que "nunca aprendió a restar", según sus profesores, pero tenía una tienda y daba el vuelto "completando", que es la otra acepción de la resta que no usan los profesores, si a cinco le quito dos es lo mismo que decir cuanto le falta a dos para llegar a cinco). En filosofía nunca se habla de los últimos avances de la ciencia y cómo afectan a esta disciplina, se limitan a enunciar una serie de nombres (99% muertos) en un lenguaje que nadie entiende (sospecho que ni el mismo profesor); no hay lugar para el debate. En literatura iniciamos leyendo una serie de textos de literatura universal, que más bien deberían ser la culminación del aprendizaje literario, por lo que no están vinculados con el interés de los que aprenden, pareciera que lo que se busca en realidad es alejarlos de este enriquecedor hábito. Y así podríamos seguir con esta lísta.

Esta mitificación de la nota, como objetivo máximo de la enseñanza ha creado toda una mitología de personajes alrededor suyo, está por ejemplo el profesor que, hinchadas las venas de su frente proclama a voz en cuello que él no sube una décima de punto ¡a nadie!, demuestra un total desconocimiento de lo que es evaluar, ¿podemos asegurar que el que obtuvo un 14 sabe más que el que obtuvo 13? sin embargo el uno aprueba y el otro no, claro que el uno tuvo suerte al adivinar la respuesta que no conocía y el otro no (alguien podría decir mas bien el uno copió y el otro no, y es que la ética también naufraga en estos accidentes donde el fin justifica los medios) ¿podemos decir que el que tiene veinte sabe todo de la materia y el que obtuvo cero no sabe nada? ¿Puede alguien calificar con una precisión de décimas de punto el conocimiento de los alumnos? sería risible si no fuera tan trágico, y es que a la nota y en el examen el estudiante se juega todo, su futuro, su autoestima y el afecto familiar. Como si un número pudiera reflejar a un ente tan complejo como es un ser humano.

El profesor que no sube una décima tiene pereza de pensar, prefiere descansar en el regazo de los procedimientos para calificar, no usar un criterio para evaluar cómo debe interpretarse una calificación en función del interés del alumno. Pongo un ejemplo, dos alumnos obtienen una nota ligeramente inferior a la que se necesita para aprobar, uno de ellos podría haber rendido más, pero no quiso, ¿le hará bien a este alumno el modificar la nota para que apruebe o será mejor que reciba esta dura lección de la vida?, el otro no es tan dotado como el anterior, sus condiciones (sociales, económicas, biológicas, o de otro tipo) son desfavorables, inclusive ha reprobado esta asignatura anteriormente, pero esta vez se acercó al nivel de aprobación, reprobar nuevamente lo desmoronaría, ha dado su mayor esfuerzo pero los fríos números lo han dejado "ad portas" ¿no sería mejor, con la explicación (y hasta felicitación) correspondiente, recompensar su esfuerzo, motivarlo para que siga esforzándose? Repito, hay que pensar siempre en lo que es mejor para el alumno.


Hay profesores distintos (con igual pereza, sinembargo), que para evitarse problemas enseñan deficientemente pero ponen 20 a todos sus alumnos, inclusive al los que han desertado. Están los alumnos que, tensos cual una cuerda de violín, entienden que, para valer algo ante si mismos, ante sus compañeros y ante sus padres, tienen que obtener 20 en todo; conocí alguien así, "20 en todo", menos en Educación Física, desgarbado y miope, le dolía sobremanera esa mancha minúscula en su brillante currículo, hasta que se le presentó la oportunidad, en último año de colegio, en clase de natación el profesor dijo: "20 a la primera persona que se lanza desde el trampolín más alto", no bien había terminado de decir esto cuando lo vimos, flaco, alto y pálido, empezar a subir, llegar a lo alto, cerrar los ojos y, abriendo manos y piernas de manera que el golpe con el agua fuera lo más espectacular posible, salpicar hasta a las personas que estaban en la calle y salir completamente rojo, pero con una sonrisa que iluminaba a todo el colegio. En retrospectiva ¿significó algo este 20? ¿mejoró su condición física? ¿cuanto tuvo de estupidez colectiva?

Afortunadamente el colegio en el que estudié era de izquierda "revolucionario", de manera que al momento de elegir abanderado no estuvieron en problemas de promedios, ni luchas más o menos encubiertas a la hora de elegirlos, simplemente tomaron a los estudiantes de mayor estatura con este propósito y ya. He visto, sinembargo, ya profesor, como hay padres que adulan a maestros y autoridades para que su hijo sea el abanderado de la escuela, y maestros y directivos que sacan ventaja de esta situación. Se da entonces una feroz competencia por los promedios, se crean requisitos absurdos (tiene que haber estudiado todos los años en esta escuela), se olvida el significado de la palabra cooperación. ¿Hasta cuando las autoridades educativas no reemplazan este absurdo reconocimiento de algo que la experiencia nos ha demostrado que no tiene importancia? (pregúntese si no que ha sido del "mejor alumno" de su escuela o colegio) ¡Es el aprender el objetivo de la enseñanza, no la nota! La nota debe ser una consecuencia natural (no trascendente) de haber aprendido, pero cómo hacerlo notar si las mismas autoridades premian al que obtuvo 19,56 y desechan al que tuvo 19,55.


Por otro lado si lo importante es la nota (y aprobar), muchos se conforman con el mínimo esfuerzo, y así no estudian más que para sacar la mínima nota que les permita aprobar. Tuve en la universidad una alumna que llevaba un registro de sus asistencias, no faltaba a una clase, hasta que al final, faltando 2 o 3 clases para terminar el periodo lectivo, se despidió de mi, ante mi extrañeza me explicó que, con las clases a las que había asistido ya había superado el porcentaje requerido para no perder el año por faltas, por lo tanto podía faltar ya que tenía "exceso de asistencias".

Otra característica de la enseñanza para la nota es que los alumnos solo estudian "para el examen" el día anterior al mismo, en una maratónica sesión que muchas veces incluye la noche entera, para ellos resulta beneficioso tener menos clases, mejor que haya paros, que el profesor se ausente, o que simplemente no de clase, así se tiene menos que estudiar y se puede obtener una mejor calificación, por lo tanto (paradoja): aprendiendo menos se obtiene una mejor nota.

lunes, 14 de abril de 2008

Las cadenas que nos atan

Uno de los animales más poderosos del planeta es el elefante, además de su fortaleza física que le permite arrancar árboles de cuajo, tiene inteligencia social y una memoria prodigiosa. A pesar de ello los seres humanos hemos conseguido domesticarlos, en especial en la India y Sri Lanka (también en los circos), mediante el amaestramiento se consigue que el animal realice trabajos agrícolas, de transporte y proezas circenses acordes a sus extraordinarias fuerzas.

Lo que en ocasiones pasa inadvertido, y en esta es motivo de reflexión, es la certeza de que, si el elefante lo quisiera, podría liberarse de sus cadenas con mucha facilidad, pero no lo hace, ¿por qué? La explicación es que desde muy pequeño, casi al día siguiente de nacer, se le pone una gruesa cadena con lo que el bebé elefante muy pronto aprende que es imposible luchar contra esa fatalidad impuesta por el destino y conserva este conocimiento para toda la vida.

Pero los seres humanos también tenemos nuestras cadenas, no físicas ciertamente, pero mucho más dañinas para nosotros mismos y para los demás. Todos tenemos uno o más ¡No puedo! grabados a fuego en lo más recóndito de nuestros circuitos neuronales, por ejemplo muchas personas nunca aprenden a nadar, andar en bicicleta o a bailar, a pesar de que biológicamente tienen todo el potencial para hacerlo.
Algunas de estas cadenas nos son impuestas por las personas que más deberían luchar contra ello: profesores que infunden temor, que paralizan nuestra voluntad con sólo mirarnos, padres que nos tachan de inútiles, para quienes nada de lo que hagamos merecerá nunca el menor de los reconocimientos, ni siquiera una mirada afectuosa y una palmada en el hombro por haberlo intentado, así "aprendemos" que nunca seremos buenos en matemática, en ciencias, en idiomas o en deportes y nos terminamos conformando, aceptando que estos campos "no son para mi", y aceptamos que otros tomen decisiones por nosotros en lo técnico y luego en política, porque yo "no sirvo para eso", reforzando con ello nuestra dependencia y ausencia de libertad.

He escuchado a algunos profesores respecto a los alumnos que recién ingresan a la universidad "los chicos no saben siquiera multiplicar", me permito dudar firmemente de aquello, no se dan cuenta que el temor que inspiran a sus alumnos, la presión a la que los someten, es tal que se olvidan aún de cosas que dominan desde la escuela.
¿Qué pasa cuando el elefante se libera de las cadenas que lo atan? Pueden ocurrir muchas cosas, puede destruir el lugar donde estuvo cautivo, puede matar a sus captores o puede huir a la selva a disfrutar de su recién adquirida libertad ¿Qué pasaría con nosotros cuando nos liberemos de las cadenas que llevamos? ¿Podría ocurrir que el cambio fuera para mal? Está en nosotros que no sea así, por supuesto a todos nos gustaría liberarnos de aquellos esquemas negativos de comportamiento, prejuicios, sentimientos, ideas falsas, que impiden nos desarrollemos como la mejor persona que podamos ser, que es, a mi juicio, la verdadera definición de libertad.

Guardar resentimientos, mantener o crear prejuicios, son otras tantas cadenas, quizá más pesadas que aquellas a las que se pretende reemplazar. ¿Qué hacer contra ello? propongo destinar un momento diario a la reflexión ¿cuales son mis cadenas? ¿a que me estoy atando? ¿son mis actos fruto de mi consciencia o esquemas que me ligan al rebaño? ¿como liberarme?, cambiemos ese ¡No puedo! por un ¡Puedo y quiero cambiar! Los seres humanos somos siempre más de lo que mostramos en un momento dado; quizá nuestra semejanza a Dios consiste en la eterna capacidad de ser mejores, no importa cuan alto estemos o cuan bajo hayamos caído.